Licet Castillo, astro del baloncesto mundial que se resiste al retiro a los 42 años

Licet Castillo prefiere no escuchar la palabra cumpleaños. El domingo le toca recibir regalos y felicitaciones. Serán 42 años aunque ella, entre risas, reconoce tener sólo «veinticuatro». Desde su nacimiento en Pinar del Río hasta su llegada a Logroño, la vida de la jugadora cubana serviría para escribir una novela. Un bronce en el Mundial de 1990, dos participaciones en los Juegos Olímpicos (en 1992, cuando Cuba acabó cuarta, y en el 2000, con una novena plaza), varias medallas en campeonatos americanos… En quince cursos como jugadora de la selección caribeña, casi todos como capitana, dio un ejemplo de entrega y pasión. «Sólo por las cuatro letras [Cuba], nunca por dinero», reconoce.Licet Castillo
Pero, en el 2005, llegó la hora de cambiar. Sumaba 33 años y «muchas ganas de salir», explica. «Tenía ganas de jugar baloncesto puro y duro, quería probarme para ver cuál era mi nivel», añade. En Hungría comenzó la segunda vida de Licet que no sabe si tendrá continuidad en Logroño. «De momento me quedan dos meses para seguir disfrutando del baloncesto. Luego, ya veremos», reconoce.
-¿Cómo empezó en el baloncesto?
-Con ocho años, sin tener ni idea. Mi hermano fue seleccionado en una EIDE [Escuela de Iniciación Deportiva Escolar] y yo quería estar a su lado. Lo conseguí, pero me pusieron en gimnasia rítmica porque yo era muy delgadita. Mi madre se negó a que adelgazase más y me pasaron a baloncesto.
-Y desde entonces, ¿no se ha cansado?
– Nunca. Me gustaba todo. Yo era entonces imparable. Me llamaban ‘La Ardilla’ [ríe]. Era la más pequeña de todas las que jugaban. A los 10 años me llevaron a una competición nacional y luego a otra en la República Dominicana. A los 14 años ya estaba en el equipo nacional.
-¿Cómo era esa selección?
– Había un gran nivel. Hubo que trabajar mucho y sacrificarse para llegar donde llegamos. En Cuba no tenemos una liga muy larga, apenas un mes y una semana. Así que estábamos tres meses haciendo físico, otros tres meses con balón y luego, competíamos.
-Tiempos de trabajo muy duro…
– Sí. Nuestro entrenador, Manuel Pérez, consiguió los mejores resultados. Era un maestro, un entrenador, un padre… Pero nos hacía trabajar a tope. No he conocido a ningún jugador cubano que se retire antes de los 40 años porque tenemos una base física tremenda.
– ¿La presión o el sacrificio no mermaron su pasión por el deporte?
– No. No quería nada más que baloncesto. Además, mi hermano sufrió una enfermedad en el corazón y, en el hospital me pidió que donde no podía llegar él, llegase yo. Eso me dio un plus. Desde entonces, cada vez que entro en el rectángulo de juego, se me olvida todo: las penas, el día a día, los dolores…
– ¿Qué hace diferente a un deportista cubano?
– Los jugadores de aquí quizás cuentan con más opciones. Nosotros sólo podíamos elegir entre licenciatura y baloncesto. Y si escogías deporte, era muy sacrificado, muchas horas de trabajo cada día y se exigía mucho convencimiento. Además, no había individualidades, sólo trabajo de equipo, unidad y compenetración. Siempre estábamos de asamblea, se hablaba de política, de amor al país… Ahora la mentalidad de los cubanos también ha cambiado.
– Cosechó muchos éxitos con la selección de Cuba, ¿por qué decidió dejar el equipo?
-En el 2003 me tuve que operar y hablé con el presidente de la Federación Cubana de Baloncesto para decirle que había terminado. Pero me explicó que había llegado una entrenadora rusa y, no sé cómo, pero volví a la selección para jugar en Rusia y para participar en la clasificación para el Mundial. Sin embargo, me sentía fuera. Me fui sin nada y estuve un mes en casa.
-¿Y cómo surgió su fichaje por Hungría?
– Vino un señor a mi casa y me lo ofreció. Tenía 33 años y ganas de jugar baloncesto puro y duro. Quería probarme para saber cuál era mi nivel. Así que me fui a Hungría, a jugar casi en un equipo de niñas, muy familiar. Nadie me conocía pero logramos quedar octavos. Luego fiché por el Budapest y acabé un par de años como la máxima anotadora y la mejor jugadora de la liga.
-¿Cómo recaló en España?
– Me planteé un reto. Como no pude jugar en la WNBA [la liga profesional norteamericana] porque no me dejaron, mi reto era jugar en la liga española. Y me ficharon en Soller, en el 2008, y luego fui a La Seo antes de llegar a Logroño.
-¿Por qué no pudo jugar en Estados Unidos?
– No lo sé. Otras compañeras sí que salían del país, pero a mí no me lo permitían. Y eso que jamás se me pasó por la cabeza escapar.
– O sea que España acabó siendo un reto. Pero Logroño supuso para usted bajar de Liga Femenina a Liga Femenina 2. ¿Cómo lo vivió?
-Muchas compañeras me decían que estaba loca porque yo siempre había jugado en Primera y podía seguir haciéndolo. Pero Luis Birigay me convenció del proyecto.
– Lleva ya cuatro años en La Rioja, ¿habrá un quinto?
– Físicamente me encuentro bien y me sigue motivando entrar a la pista. Pero también tengo familia, mi hija, que está en Cuba, tiene 13 años y cada vez me reclama más… No sé. He disfrutado mucho desde el 2004 y me quedan dos meses para seguir en el baloncesto. Luego, ya veremos.

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