Angelique Kerber es una trabajadora incansable surgida en la factoría tenística del norte de Alemania se ha ganado el respeto y cariño de todo el circuito WTA. Y es que se puede perder y ganar pero lo que es difícil es hacer gala de una actitud tan noble y elegante tanto en la victoria como en la derrota.
Kerber demuestra que en el tenis femenino del siglo XXI aún es posible entender este deporte de una manera radicalmente distinta a la que dictan las tendencias. Con 30 años y sus 1.73 de altura, esta teutona se ha ido labrando su futuro a base de humildad, trabajo y alejándose de los focos mediáticos. Su primer salto cualitativo se produjo en 2011, cuando pasó de ser una jugadora competitiva pero falta de potencia y agresividad, condenada a la segunda o tercera fila y alejada incluso de las segundas semanas de Grand Slam, a una tenista del top-10.
Le costó mucho dar ese paso pero lo hizo con firmeza. Angelique construye cimientos con los que construir su crecimiento como jugadora; no tiene prisa y su único anhelo es entrenar duro y progresar. Consciente de su habilidad innata para defender, el mantra que repite día tras día desde hace años es simple: sé agresiva, juega valiente y ataca. Admirable capacidad para salir de su zona de confort y tener claro de que con eso no hacía más que reforzar su propia virtud natural.
En 2016 cuajó un año inolvidable con la conquista del Open de Australia y el US Open pero la resaca del éxito fue inconmensurable; un 2017 aciago le recluyó al ostracismo y a recibir miradas condescendientes que consideraban su éxito pasado como una mera casualidad. Con este triunfo no hace más que confirmar su grandeza y transmitir que las cosas positivas llevan su tiempo. Le costó un año aceptar su nuevo rol pero ha vuelto a alejarse del maremágnum de patrocinios, contratos publicitarios y presión mediática que tan mal le hicieron la pasada temporada.
Con un tren inferior prodigioso, una capacidad fuera de lo habitual para flexionar y correr de lado a lado, la germana ostenta una mano sublime y una capacidad intelectual en pista clave en su éxito. Resulta complicado ver regalar puntos a una tenista que elige con maestría el golpe a ejecutar en cada momento. Avisó de que mentalmente estaba preparada de nuevo para la cúspide con su actuación en el Open de Australia, donde solo un milagro de Halep consiguió impedir que llegara a la final.
Sin embargo, los brotes verdes han emergido con fuerza ya sobre el césped de Wimbledon 2018, acercando a la teutona a un selecto grupo de jugadoras que han sido capaces de ganar tres de los cuatro Grand Slam. El objetivo es tan ilusionante como motivador: vencer también sobre el albero de París y convertirse en una tenista histórica al ser capaz de levantar el título en los cuatro majors. Para ello solo tiene una receta, y está lejos de artificios mágicos: trabajo, trabajo y más trabajo. Angelique Kerber quiere seguir agrandando su leyenda y tiene capacidad de sobra para hacerlo.

 

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