Una década atrás, el COI y la IAAF intentaron eliminar a las mujeres hiperandrógenas de la competición: mujeres que, de forma natural, producían elevadísimos niveles de testosterona, como la sudafricana Caster Semenya. Una corredora que pulverizaba tiempos en 2009 y que ganó la medalla de oro en los 800 metros en los últimos Juegos de Río (sin superar el récord del mundo establecido en 1983, eso sí). Se cree que Semenya, de características intersexuales -presenta características de ambos sexos-, lleva compitiendo desde 2011 bajo una terapia hormonal para ajustarse a las normas de la IAAF.
Hace dos años intentaron lo mismo con la velocista india Dutee Chand. En este último caso, Chand fue conducida sin avisar a “una prueba de género”, un eufemismo en el que no sólo palpan y examinan tus propios órganos sexuales, sino que hasta miden el desarrollo de tu vello púbico o de tus pechos en una escala del 1 al 5. Chand fue expuesta ante el juicio público, perdió su plaza en los Juegos de la Commonwealth, se le dijo que jamás podría volver a competir como mujer. “Eligibilidad”, lo llamaba el COI.
La diferencia es que Chand sí recibió apoyo. Asistencia legal que recurrió la norma destinada a apartar a estas personas de la competición -u obligarlas a competir como hombres-. El comité de apelación dio dos años a la IAAAF para que presentase pruebas de que a) la medida no es discriminatoria y b) que la testosterona realmente otorga una ventaja competitiva. Había de plazo hasta julio de 2017. Hasta hoy.
b) La testosterona sí otorga una ventaja competitiva
No es ninguna sorpresa, pero la IAAF ha presentado un estudio en el que han medido los niveles de testosterona de más de 1.330 atletas entre 2011 y 2013. Los niveles elevados otorgan una ventaja competitiva de entre el 1,8% en los 800 metros (la prueba de Semenya) hasta el 4,5% (en el lanzamiento de martillo)respecto a las atletas con niveles más bajos. Y esos niveles son los admitidos por la normativa internacional, supuestamente por debajo de los que presentan de forma natural Semenya o Chand.
El problema es doble. Por un lado, el dopaje: más de la mitad de todas las atletas suspendidas por dopaje lo son por el uso ilegal de testosterona. De ahí nace la norma. Por otro, el miedo a que las competiciones se llenen de atletas intersexuales, personas nacidas con características sexuales distintas, que pueden suponer uno de cada 5.000 nacimientos, en la estimación más conservadoras. Es decir, el COI y la IAAF son como el senador Kelly de los X-Men: no quieren mutantes. No les consideran personas. No les permiten ser mujeres, a pesar de que lo sean. “Eligibilidad”. Porque no todas las mujeres sirven para ser mujeres en la alta competición.
Si te suena absurdo, bienvenido al mundo del COI y su brazo armado, la IAAF. Porque, por poner un ejemplo, mañana podríamos presentar un estudio de la ventaja competitiva que da en el baloncesto medir 229 centímetros y poder llegar a canasta sin saltar. No hay muchos jugadores capaces de semejante proeza. Dos de ellos ni siquiera eran tremendos jugadores: Manute Bol y Shawn Bradley (aunque ponía tapones que daba gusto). El tercero se llama Yao Ming y fue, durante años, una torre en la NBA.
¿Te imaginas que en el baloncesto se pusiese un límite artificial a lo que puede medir de forma natural un ser humano? Eso es exactamente lo que ha presentado hoy la IAAF: una “prueba” para demostrar que su norma de lo que “debe ser” una mujer se ha impuesto por el bien de la competición. Aunque sea una huída hacia delante en un historial de abusos contra sus propias atletas. Que, si esto prospera, tendrán que doparse a la inversa: drogarse para rendir menos. Para estar por debajo de sus características naturales. O no ser aceptadas como mujeres.

 

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